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Experiencia Emaús José Ramón Puya

Ojalá pudiera volver a vivir Emaús por primera vez
Hace poco vi una serie de vídeos en redes sociales que empezaban todos de la misma manera: «Ojalá pudiera perder la memoria para volver a ver esto por primera vez». Después aparecía un gol de Mágico González, una escena de una película, una canción o cualquier otra cosa.

Y cuando buscaba una idea para escribir estas palabras me acordé de aquellos vídeos y pensé que ojalá pudiera volver a vivir por primera vez la experiencia de Emaús.
Lo curioso es que ni siquiera sé muy bien por qué me apunté. Bueno, sí. Tengo un problema para controlar mi entusiasmo. Pero yo era de esas personas que nunca tienen tiempo para nada. O, al menos, eso creía. Una de las cosas que descubrí durante Emaús es que decir que no tienes tiempo para la oración no siempre es una buena excusa. A veces es precisamente un síntoma de que algo no va bien.
Tuve la suerte de hacer la experiencia acompañado por José Antonio Barbudo, SM. Y una de las primeras cosas que aprendí fue algo aparentemente sencillo, pero que no siempre sabemos hacer: tolerarme, perdonarme y quererme un poco más.
No voy a engañar a nadie. Durante las primeras semanas yo cumplía. Buscaba mis momentos de oración, hacía las lecturas y procuraba llevar mi pequeña bitácora. En parte porque después tenía que compartir todo aquello con José y no quería desaprovechar su acompañamiento. Dicho de otra manera: al principio hacía los deberes.

Pero poco a poco pasó algo. Aquellos momentos dejaron de ser unos deberes. Empezaron a hacerme falta. Emaús me enseñó una manera de acercarme a la oración que yo no conocía. Una lectura, un pasaje, un pensamiento, algo que había ocurrido durante el día… Todo podía convertirse en un punto de partida. “La oración dejaba de ser algo que había que encajar en la vida para empezar a formar parte de ella” (José Antonio dixit).
Ahora lo comparo con hacer ejercicio. Te sacan colesterol y azúcar por las nubes. Al principio cuesta encontrar el momento. Tienes mil cosas que hacer y siempre parece haber algo más urgente. Sin embargo, cuando consigues hacerlo, te alegras. Después empiezas a intentar no fallar. Y llega un momento en que se ha convertido en un hábito. Lo necesitas. Y el día que no encuentras ese rato, notas que te falta algo hasta que consigues parar, aunque sea un momento, y hacerle sitio.
Y si alguien lee esto dudando si apuntarse, tampoco voy a intentar convencerlo con grandes argumentos. Solo puedo decirle una cosa: yo ya no puedo volver a vivir Emaús por primera vez. Tú todavía sí.
José Ramón Puya
Fraternidad Inmortales




