Camino de Santiago el Pilar Madrid 2026

Recientemente he tenido la suerte de acompañar, como monitora, a un grupo de alumnos del Colegio del Pilar en el Camino de Santiago. Durante estos días he comprendido con más claridad que nunca que hacer el Camino en grupo se parece mucho a vivir la vida en fraternidad.

El Camino puede recorrerse en solitario o acompañado. Del mismo modo, cada uno puede elegir cómo afrontar la vida. Apostar por la comunidad es decidir caminar hacia una misma meta junto a otras personas, compartiendo no solo el destino, sino también las alegrías, las dificultades y el sentido del camino. Como dice un proverbio africano: si quieres llegar rápido, camina solo, pero si quieres llegar lejos, camina acompañado. 

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Cada peregrino lleva una mochila distinta. Algunas pesan más que otras, y hay días en los que el cansancio, el calor o los kilómetros hacen que parezca imposible dar un paso más. En estos momentos aparece lo más bonito de la experiencia: alguien que se ofrece a llevar parte de tu mochila, a esperarte si te has quedado atrás o, simplemente, a caminar a tu lado. La carga no desaparece, pero deja de ser solo tuya. Así es también la vida en comunidad. Las heridas, las preocupaciones y las luchas de cada uno siguen siendo personales, pero cuando se comparten se vuelven más llevaderas.

El Camino también nos enseña que no todos avanzamos al mismo ritmo. Hay quienes necesitan parar más veces, quienes caminan más deprisa y quienes, en determinados momentos, solo pueden dar un paso detrás de otro. En la vida en fraternidad ocurre exactamente lo mismo. No siempre estamos en el mismo punto del camino, ni vivimos las mismas circunstancias. Por eso es tan importante aprender a esperar, a reagruparse y a acompasar el paso. Caminar en comunidad exige mirar menos el propio ritmo y estar más atento a quien tenemos al lado.

No significa que todo sea fácil. Vivir en fraternidad implica renunciar a veces a la comodidad, aprender a pedir ayuda y aceptar que también nosotros necesitaremos que otros nos sostengan. Supone escuchar, tener paciencia y comprender que el camino del otro no siempre coincide con el nuestro. Sin embargo, precisamente en esas diferencias descubrimos la riqueza de la comunidad.

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Después de esta experiencia, vuelvo convencida de que nadie está llamado a recorrer el camino de la vida completamente solo. Todos necesitamos personas que nos animen cuando flaquean las fuerzas, que celebren con nosotros las llegadas a cada meta y que nos recuerden que merece la pena seguir caminando.

Porque, al final, lo que hace inolvidable el Camino no son solo los kilómetros recorridos, sino las personas con las que los recorremos. Y quizá eso mismo sea lo que hace tan valiosa la vida en fraternidad: descubrir que el destino importa, pero que es el camino compartido el que verdaderamente nos transforma.

Esperanza, fraternidad Isaías XI

En memoria de Ignacio Zabala sm

La vida son rostros. Personas que aparecen y desaparecen. O que permanecen. Son vidas cuyas palabras, actos o momentos compartidos nos permiten identificar la presencia constante del Señor. Ignacio apareció y permaneció; y su vida nos acercó a Jesús.

Le conocimos como Director del Colegio del Pilar, siendo nosotros alumnos. Nos acercamos más a él a partir del año 2000, cuando iniciamos el camino de una nueva fraternidad. La Burbuja.

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La relación con él no siempre fue sencilla. Su rectitud chocaba con nuestro momento vital. Él y nosotros tuvimos la suerte de que le acompañara como asesora nuestra querida Carmina. Juntos formaron una pareja perfecta, una combinación divina. Ignacio la coherencia, la educación, la razón; la búsqueda racional y disponible de la voluntad de Dios. Carmina, la entrega sin límites, incondicional, continua y amorosa al Padre.

Esos años iniciales de la fraternidad eran para nosotros momentos vitales de grandes decisiones. Nuestra incorporación al mundo de los adultos. Ignacio nos acompañó de forma significativa en todos los pasos individuales que íbamos dando: los estudios, los noviazgos, los trabajos, las bodas; y también nuestra manera de acercarnos al prójimo o nuestra presencia como cristianos laicos en la sociedad. Nos ayudó a entender la importancia de tener un proyecto personal de vida coherente y sólido, generado a partir de la voluntad de Dios. Nos invitó a profundizar en la oración personal; profunda, constante, desde la humildad de ponerse frente al Padre, pero con la ambición de su amor.

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Y nos acompañó también en el nacimiento y “consolidación” de nuestra comunidad, con una visión de comunidad cristiana y humana, de familias, con Cristo en el centro y abierta a los demás.

En 2008 a Ignacio le destinaron a La Línea de la Concepción y dejó de ser nuestro asesor. Ahí podría haber acabado nuestra significativa experiencia con él. Pero no. De manera premeditada quiso no sólo mantener su relación con personas concretas de la fraternidad, sino acompañar, de manera indirecta, el camino de la comunidad al completo. A la distancia, escribiéndonos siempre con sugerente contenido. Y también con su presencia intermitente en nuestras casas, disfrutando de múltiples eucaristías en las que nuestros hijos pequeños acababan inevitablemente con su paciencia.

En todo este camino en el que nos ha acompañado, nos ha dado mucho. Por lo que hacía con nosotros y por su propio camino personal que también, humildemente, hemos acompañado: momentos difíciles en sus puestos de responsabilidad o en su familia, el cambio radical a la Línea, la entrada en la vejez con su vuelta a Madrid y su paso por San Sebastián.

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Y la dichosa enfermedad. Dichosa pero bendita. El regalo de los últimos años ha sido precioso; un Ignacio más frágil y espontáneo, hablándonos de manera distinta. Con el mismo compromiso para acompañarnos mutuamente y pudiendo ser descubierto por los miembros más recientes de nuestra fraternidad.

Muchas personas pasan. Pocas tienen un impacto importante desde la permanencia en nuestras vidas. Ignacio permaneció y nos llenó de frutos.

Y desde la fe, seguimos convencidos de que, de forma distinta, Ignacio permanece hoy también con nosotros y nos sigue acompañando.

Ánimo pues.

Camino de Santiago SFN 2026

El pasado 25 de junio, un grupo de 90 alumnos de 1.º de Bachillerato y 12 monitores poníamos rumbo a la Cruz de Ferro para comenzar allí nuestra peregrinación hacia Santiago.

Después de casi veinte años desde la última vez que participé como monitora, decidí lanzarme de nuevo a esta aventura gracias a la invitación de Óscar Iglesias. Jamás imaginé que, después de tanto tiempo y con todo lo que ello conlleva, disfrutaría tanto de esta experiencia.

Todo comenzó con una emotiva misa del peregrino, preparada con mucho cariño y acompañados por nuestras familias. Fue el mejor punto de partida para este camino.

Tras muchas horas de viaje nocturno en autobús, llegamos a la Cruz de Ferro. Allí, una sencilla oración y el gesto de depositar nuestras piedras comenzaron a dar un sentido especial a esta peregrinación.

Han sido nueve etapas hasta llegar a Santiago. Muchos kilómetros recorridos. Conversaciones interminables, risas, algún que otro llanto, tiempo compartido, convivencia, canciones, palabras de ánimo y muchos achuchones.

Me siento orgullosa de poder decir que ha sido un Camino de diez. Porque cuando las cosas se preparan con cariño, se les dedica tiempo, ilusión y esfuerzo, y se hacen con amor del bueno, es muy difícil que salgan mal.

 Alumnos y monitores en la entrada a Portomarín.

Hemos acompañado a un grupo numeroso: 90 adolescentes, casi ‘ná’. Y han sido ellos los verdaderos protagonistas de esta experiencia. También los responsables de que todo haya salido tan bien y de que hayamos vivido unos días tranquilos, alegres y profundamente emotivos.

Con su comportamiento, su implicación, su educación, su cariño y su saber estar, nos han dado una auténtica lección. Nos han recordado, una vez más, que nuestros jóvenes valen muchísimo y que merece la pena confiar plenamente en ellos.

Cada mañana, durante la oración, dábamos gracias a Dios por un nuevo día y por la oportunidad de vivir esta experiencia. Invitábamos a nuestros alumnos a alzar la mirada, y ese ha sido el hilo conductor de todo el Camino. Cada jornada comenzaba poniendo a Jesús en el centro. Qué importante ha sido dar sentido a cada etapa escuchando la Palabra de Dios y descubriendo qué quería decirnos a cada uno de nosotros.

Y mientras algunos se encargaban de alimentar el espíritu, hubo dos personas fundamentales que cuidaron de nuestro cuerpo. No nos faltó una buena comida al finalizar cada etapa, siempre servida con una sonrisa y un buen humor admirables, a pesar del enorme trabajo y de las incontables vueltas que daban cada día con la furgoneta. Gracias, Rafa y Diego, por vuestro esfuerzo, antes y durante el Camino.

Hemos formado un grupo de doce monitores de edades y realidades muy distintas: profesores, catequistas, personal del colegio, antiguos alumnos, fraternos… Sin embargo, nos hemos sentido un auténtico equipo. Un equipo de los buenos, de esos que despiertan una sana envidia al ver cómo se entienden, cómo se organizan, cómo se apoyan, cómo se ríen y cómo disfrutan conviviendo.

Ha sido un verdadero lujo y un enorme privilegio compartir estos diez días con todos ellos. Sinceramente, creo que era imposible hacerlo mejor.

Merece la pena vivir una experiencia así junto a nuestros jóvenes. Merece la pena alzar la mirada para descubrir que Dios está presente en cada uno de ellos; que ha caminado con nosotros en cada paso, en cada mano tendida para ayudar al otro, en cada paisaje, en cada abrazo y en cada palabra de ánimo.

Equipo de monitores

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este Camino de Santiago San Felipe Neri 2026 quede grabado para siempre en mi corazón.

Gracias por todo el trabajo realizado antes de comenzar, por el buen hacer de cada uno y por el cariño puesto en cada decisión.

Y gracias, Óscar, por pensar en mí y regalarme la oportunidad de volver a vivir esta maravillosa experiencia junto a todos vosotros.

Porque al final, alzar la mirada no era solo contemplar el horizonte, sino descubrir a Dios en cada paso, en cada persona y en cada instante compartido.

Buen Camino.

Marta Carrera, fraternidad Guillermitos