Papá León XIV, jóvenes Madrid

Cuando supe que el papa León XIV iba a visitar España y que uno de sus primeros actos sería una vigilia con jóvenes en Madrid, tuve claro que quería estar allí. Ya había vivido tres JMJ y pensaba que sabía todo lo que ocurriría, pero como pasa siempre con las cosas De Dios, acabó sorprendiéndome.

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Llegué a la Plaza de Lima cuando todo el mundo estaba allí, y entre la multitud, la marea rosa de marianistas. Ya desde el principio se respiraba un ambiente muy especial. Las calles estaban llenas de jóvenes de todas las edades, familias, sacerdotes, religiosos y voluntarios que sonreían sin conocerse, compartían agua, cantaban y se saludaban como si llevaran toda la vida juntos. Había banderas de muchas comunidades y países, guitarras, canciones y una alegría difícil de explicar con palabras.

Lo que más me impresionó fue comprobar que no hacía falta conocerse para sentirse parte de algo mucho más grande. Durante unas horas desaparecieron las diferencias. Todos estábamos allí por el mismo motivo, con ganas de escuchar al Papa León y de vivir una experiencia de fe compartida.

Cuando el Papa llegó en el papamóvil, la emoción fue indescriptible. Verle tan cerca, saludando con sencillez y deteniéndose para bendecir a niños y enfermos, hizo que todo el mundo estallara en aplausos. Aun siendo un encuentro multitudinario, daba la sensación de que hablaba personalmente a cada uno de nosotros.

Sus palabras me llegaron especialmente cuando nos recordó que los jóvenes no somos solo el futuro de la Iglesia, sino también su presente. Nos animó a no tener miedo de vivir nuestra fe con alegría, a construir puentes en una sociedad cada vez más dividida y a ser testigos de esperanza allí donde estemos. Fueron mensajes sencillos, pero profundamente actuales, que me hicieron reflexionar sobre cómo vivo mi día a día.

El momento más emocionante llegó durante la oración. Después de los cantos y del diálogo con algunos jóvenes, se hizo un silencio impresionante. Miles de personas permanecimos en recogimiento al mismo tiempo. En medio de una ciudad tan grande como Madrid, ese silencio transmitía una paz que pocas veces he experimentado.

Al terminar la vigilia, mientras caminábamos de vuelta hacia el colegio, ninguno tenía prisa por marcharse. Todos comentábamos lo mismo: habíamos vivido algo que iba mucho más allá de un acto multitudinario. Habíamos experimentado una auténtica comunidad. Personas que no se conocían se despedían con abrazos, intercambiaban contactos o simplemente se deseaban un buen regreso a casa.

Creo que eso es lo que me llevo de aquella noche. Más allá de la emoción de ver al Papa en su primera visita a nuestro país, descubrí que la Iglesia sigue estando llena de jóvenes con ilusión, con ganas de servir y de caminar juntos. Salí de la Plaza de Lima con el corazón lleno de esperanza y con la certeza de que, cuando la fe se vive en comunidad, tiene una fuerza capaz de transformar a las personas.

Jimena Bescansa ffmm

En memoria de Ignacio Zabala sm

La vida son rostros. Personas que aparecen y desaparecen. O que permanecen. Son vidas cuyas palabras, actos o momentos compartidos nos permiten identificar la presencia constante del Señor. Ignacio apareció y permaneció; y su vida nos acercó a Jesús.

Le conocimos como Director del Colegio del Pilar, siendo nosotros alumnos. Nos acercamos más a él a partir del año 2000, cuando iniciamos el camino de una nueva fraternidad. La Burbuja.

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La relación con él no siempre fue sencilla. Su rectitud chocaba con nuestro momento vital. Él y nosotros tuvimos la suerte de que le acompañara como asesora nuestra querida Carmina. Juntos formaron una pareja perfecta, una combinación divina. Ignacio la coherencia, la educación, la razón; la búsqueda racional y disponible de la voluntad de Dios. Carmina, la entrega sin límites, incondicional, continua y amorosa al Padre.

Esos años iniciales de la fraternidad eran para nosotros momentos vitales de grandes decisiones. Nuestra incorporación al mundo de los adultos. Ignacio nos acompañó de forma significativa en todos los pasos individuales que íbamos dando: los estudios, los noviazgos, los trabajos, las bodas; y también nuestra manera de acercarnos al prójimo o nuestra presencia como cristianos laicos en la sociedad. Nos ayudó a entender la importancia de tener un proyecto personal de vida coherente y sólido, generado a partir de la voluntad de Dios. Nos invitó a profundizar en la oración personal; profunda, constante, desde la humildad de ponerse frente al Padre, pero con la ambición de su amor.

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Y nos acompañó también en el nacimiento y “consolidación” de nuestra comunidad, con una visión de comunidad cristiana y humana, de familias, con Cristo en el centro y abierta a los demás.

En 2008 a Ignacio le destinaron a La Línea de la Concepción y dejó de ser nuestro asesor. Ahí podría haber acabado nuestra significativa experiencia con él. Pero no. De manera premeditada quiso no sólo mantener su relación con personas concretas de la fraternidad, sino acompañar, de manera indirecta, el camino de la comunidad al completo. A la distancia, escribiéndonos siempre con sugerente contenido. Y también con su presencia intermitente en nuestras casas, disfrutando de múltiples eucaristías en las que nuestros hijos pequeños acababan inevitablemente con su paciencia.

En todo este camino en el que nos ha acompañado, nos ha dado mucho. Por lo que hacía con nosotros y por su propio camino personal que también, humildemente, hemos acompañado: momentos difíciles en sus puestos de responsabilidad o en su familia, el cambio radical a la Línea, la entrada en la vejez con su vuelta a Madrid y su paso por San Sebastián.

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Y la dichosa enfermedad. Dichosa pero bendita. El regalo de los últimos años ha sido precioso; un Ignacio más frágil y espontáneo, hablándonos de manera distinta. Con el mismo compromiso para acompañarnos mutuamente y pudiendo ser descubierto por los miembros más recientes de nuestra fraternidad.

Muchas personas pasan. Pocas tienen un impacto importante desde la permanencia en nuestras vidas. Ignacio permaneció y nos llenó de frutos.

Y desde la fe, seguimos convencidos de que, de forma distinta, Ignacio permanece hoy también con nosotros y nos sigue acompañando.

Ánimo pues.

Camino de Santiago SFN 2026

El pasado 25 de junio, un grupo de 90 alumnos de 1.º de Bachillerato y 12 monitores poníamos rumbo a la Cruz de Ferro para comenzar allí nuestra peregrinación hacia Santiago.

Después de casi veinte años desde la última vez que participé como monitora, decidí lanzarme de nuevo a esta aventura gracias a la invitación de Óscar Iglesias. Jamás imaginé que, después de tanto tiempo y con todo lo que ello conlleva, disfrutaría tanto de esta experiencia.

Todo comenzó con una emotiva misa del peregrino, preparada con mucho cariño y acompañados por nuestras familias. Fue el mejor punto de partida para este camino.

Tras muchas horas de viaje nocturno en autobús, llegamos a la Cruz de Ferro. Allí, una sencilla oración y el gesto de depositar nuestras piedras comenzaron a dar un sentido especial a esta peregrinación.

Han sido nueve etapas hasta llegar a Santiago. Muchos kilómetros recorridos. Conversaciones interminables, risas, algún que otro llanto, tiempo compartido, convivencia, canciones, palabras de ánimo y muchos achuchones.

Me siento orgullosa de poder decir que ha sido un Camino de diez. Porque cuando las cosas se preparan con cariño, se les dedica tiempo, ilusión y esfuerzo, y se hacen con amor del bueno, es muy difícil que salgan mal.

 Alumnos y monitores en la entrada a Portomarín.

Hemos acompañado a un grupo numeroso: 90 adolescentes, casi ‘ná’. Y han sido ellos los verdaderos protagonistas de esta experiencia. También los responsables de que todo haya salido tan bien y de que hayamos vivido unos días tranquilos, alegres y profundamente emotivos.

Con su comportamiento, su implicación, su educación, su cariño y su saber estar, nos han dado una auténtica lección. Nos han recordado, una vez más, que nuestros jóvenes valen muchísimo y que merece la pena confiar plenamente en ellos.

Cada mañana, durante la oración, dábamos gracias a Dios por un nuevo día y por la oportunidad de vivir esta experiencia. Invitábamos a nuestros alumnos a alzar la mirada, y ese ha sido el hilo conductor de todo el Camino. Cada jornada comenzaba poniendo a Jesús en el centro. Qué importante ha sido dar sentido a cada etapa escuchando la Palabra de Dios y descubriendo qué quería decirnos a cada uno de nosotros.

Y mientras algunos se encargaban de alimentar el espíritu, hubo dos personas fundamentales que cuidaron de nuestro cuerpo. No nos faltó una buena comida al finalizar cada etapa, siempre servida con una sonrisa y un buen humor admirables, a pesar del enorme trabajo y de las incontables vueltas que daban cada día con la furgoneta. Gracias, Rafa y Diego, por vuestro esfuerzo, antes y durante el Camino.

Hemos formado un grupo de doce monitores de edades y realidades muy distintas: profesores, catequistas, personal del colegio, antiguos alumnos, fraternos… Sin embargo, nos hemos sentido un auténtico equipo. Un equipo de los buenos, de esos que despiertan una sana envidia al ver cómo se entienden, cómo se organizan, cómo se apoyan, cómo se ríen y cómo disfrutan conviviendo.

Ha sido un verdadero lujo y un enorme privilegio compartir estos diez días con todos ellos. Sinceramente, creo que era imposible hacerlo mejor.

Merece la pena vivir una experiencia así junto a nuestros jóvenes. Merece la pena alzar la mirada para descubrir que Dios está presente en cada uno de ellos; que ha caminado con nosotros en cada paso, en cada mano tendida para ayudar al otro, en cada paisaje, en cada abrazo y en cada palabra de ánimo.

Equipo de monitores

Gracias a todos los que habéis hecho posible que este Camino de Santiago San Felipe Neri 2026 quede grabado para siempre en mi corazón.

Gracias por todo el trabajo realizado antes de comenzar, por el buen hacer de cada uno y por el cariño puesto en cada decisión.

Y gracias, Óscar, por pensar en mí y regalarme la oportunidad de volver a vivir esta maravillosa experiencia junto a todos vosotros.

Porque al final, alzar la mirada no era solo contemplar el horizonte, sino descubrir a Dios en cada paso, en cada persona y en cada instante compartido.

Buen Camino.

Marta Carrera, fraternidad Guillermitos