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Ceuta: una frontera que nos invita a detenernos

No me convence la expresión «crisis migratoria» para describir lo que está sucediendo en Ceuta. Una crisis parece hablarnos de un acontecimiento puntual, algo que irrumpe y que, algún día, terminará. Pero las personas que migran hasta aquí traen consigo una historia que comenzó mucho antes de alcanzar esta frontera. Años de camino, países atravesados, familias y amigos dejados atrás y, a veces, la pérdida de quienes emprendieron con ellos el viaje. Buscan una vida más amable, más humana. Llamar a todo ello simplemente «crisis migratoria» puede desvirtuar una realidad mucho más profunda y, de algún modo, envilecerla.

Pero hay otra realidad que también merece ser mirada. La de quienes viven aquí y ven cómo su vida cotidiana puede verse condicionada por una situación que no han elegido. Y entonces aparece la tensión.
Yo también me encuentro ante ella.
Ceuta me obliga a detenerme.
Y quizá detenerse sea ya una forma de comenzar a comprender.
¿Qué haría Jesús ante esta realidad?
Pienso en aquella imagen del Evangelio: «ovejas sin pastor». Ante quien aparece vulnerable, perdido, después de un largo camino, la primera respuesta no puede ser otra que la compasión. Antes que una categoría, hay una persona. Antes que un problema, una historia. Antes que una frontera, un ser humano.
Pero la historia continúa.
Y aquí aparece la necesidad de la pausa.
Vivimos con demasiada prisa para comprender. Queremos respuestas inmediatas, posiciones claras, un «todo» o un «nada» que nos permita colocarnos rápidamente a un lado. Pero la realidad humana rara vez cabe en dos palabras.
La emergencia puede reclamar acogida y protección. Después puede llegar el momento de acompañar, enseñar y comprender. Y, más adelante, el de asumir responsabilidades: conocer las normas, respetar los límites y participar en la construcción de la convivencia.
No todas las personas se encuentran en la misma situación. Un niño vulnerable y dependiente necesita protección. Un adulto, una vez superado el momento inicial y comprendida la realidad que le rodea, puede ser llamado progresivamente a la autonomía y a la responsabilidad.
La compasión no desaparece. Se transforma en acompañamiento.
Y también quienes acogemos necesitamos una pausa: para reorganizar nuestros miedos, revisar nuestras certezas y aprender a convivir con una realidad que nos desborda.
Quizá ahí podamos descubrir la sabiduría del límite.
Un límite no tiene por qué ser un muro. Puede ser un marco que protege, ordena y hace posible que diferentes personas compartan un mismo espacio. Pero un límite que deja de reconocer la dignidad del otro deja también de ser sabio.
Ceuta es una frontera. Un lugar de paso, pero también un lugar de encuentro. Un umbral.
Y quizá por eso pueda hablarnos de nuestras propias fronteras.
Porque todos tenemos algo que proteger y algo que acoger. Todos hemos sido alguna vez quien llega y, en algún momento, quien abre la puerta.
Por eso estas palabras no pretenden decir al lector qué debe pensar sobre Ceuta. Yo también estoy aprendiendo a mirar. Ceuta me obliga a detenerme, a aceptar la complejidad y a preguntarme cómo responder sin perder la perspectiva del Evangelio.
Quizá la pregunta final no sea solamente qué hacemos ante quienes atraviesan nuestras fronteras.
Quizá sea otra, más incómoda y más universal:
¿Qué ocurre dentro de nosotros cuando alguien atraviesa nuestras propias fronteras: las de nuestra comodidad, nuestras certezas, nuestros espacios y nuestros límites?
Tal vez la respuesta necesite precisamente eso que tanto nos cuesta: un poco de espacio, un poco de tiempo y una pausa.
Tal vez ahí comience el verdadero discernimiento.
Miguel Guillén
Fraternidad San Agustín




